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Si no te gusta, no lo leas

No aceptamos la opinión de los demás, mucho menos si es contraria a la nuestra. Buscamos su aprobación, su respeto, su apoyo, su cariño y afecto, pero no toleramos que nos critiquen. Cuando uno “publica” algo, la propia palabra indica el deseo de hacerlo global, de compartirlo con otros, de hacer partícipes a los demás. Uno sube una foto de sus viajes, de las fiestas a las que ha ido, de lo que ha comido, o de lo que lleva puesto, y de algún modo, quiere que los demás lo sepan. Lo reconozca o no, busca el beneplácito y la aprobación de los demás, de lo contrario, no tendría esa necesidad de socializar y propagar algo que es del ámbito privado y personal, pero somos seres sociales y buscamos ese aprecio en los otros.

Nos sentimos tan solos, tan aburridos, que necesitamos gritar al ciberespacio que estamos en el gimnasio, mostrarle lo que vamos a cenar, y fotografiar a nuestro perro para que todos lo vean y lo conozcan cada vez que lo sacamos a pasear. Estamos mucho más pendientes del “qué dirán”, de si gusta o no eso que hacemos o decimos, que de vivir el momento. Medimos nuestro éxito o fracaso en base a la aprobación que hemos obtenido por nuestras publicaciones en las redes, y nos autoproclamamos “influenciadores”, tratando de convencer a los que nos ven y nos leen de que marcamos tendencia, de que nuestras ideas y nuestros valores son los correctos. Y que nadie diga lo contrario, que lo bloqueo. Porque se puede bloquear, se puede silenciar a quienes no comparten nuestras ideas, a quienes no nos ríen las gracias ni nos bailan el agua.

Necesitamos que otras personas nos sigan, nos puntúen, nos valoren, incluso que compren nuestros productos o contraten nuestros servicios, que vengan a vernos a nuestros espectáculos, y que nos den las 5 estrellas, el pulgar hacia arriba, pero… ¿Y si no les gusta? Si no les gusta que no lo vean, que no lo escuchen, o que no vayan.

Yo, al contrario de lo que promulga Facebook, que no permite los “no me gusta” porque entiende que se crearía mucha crispación, malestar, y enojo inútilmente, creo que se está creando una generación que no acepta un no por respuesta, que no asume la crítica, que no digiere al diferente, al que no piensa igual, al que no siente lo mismo, al que no está de acuerdo. Hay países que quieren levantar muros para separar a los que son distintos. La globalización unifica todo, y deja de lado a aquellos que no siguen la idea triunfadora. Nos canaliza a todos para que pasemos por el mismo aro, y nos muestra los casos de éxito, pero nunca nos habla de los perdedores, que por cierto, son más numerosos, y que sufren en silencio las consecuencias de los sueños frustrados y los proyectos perdidos.

Una nueva moda, una empresa innovadora, una aplicación de éxito… sale cada día en los noticieros. Nunca se habla de los que lo intentaron, de todas aquellas ideas que miles de jóvenes emprendedores trataron de poner en marcha y con las que fracasaron con estrépito. Lo he visto en amigos míos. He conocido artistas de éxito, y por cada uno que ha logrado alcanzar cierto reconocimiento he visto cientos que se quedaron en el camino, con su rabia, su frustración y su decepción, sin que nadie reparase en ellos.

Dicen que la crítica negativa si no es constructiva no aporta nada, y es cierto, pero no es menos cierto que el halago, si no es constructivo, tampoco. Sirve para fomentar individuos que se auto engañan, mimados, endebles, presuntuosos. Se auspicia una sociedad egocéntrica, consumista y superficial, a la que sólo le interesa lo inmediato, el aquí y ahora, despreocupada por los demás, desinteresada por todo lo que no le afecte de forma directa, cada día más inculta, y cada día más competitiva, en el mal sentido de la palabra. A la que le cuesta ganar, y a la que como le pasó a Manel Navarro en Eurovisión, no sabe perder.

Cambiar de opinión no es visto como un síntoma de corrección o sabiduría sino como una muestra de debilidad y fragilidad. Es preocupante que así sea. Somos permeables y esa capacidad para reinventarnos, cuestionarnos las cosas, innovar, no hace sino demostrar nuestra inteligencia, nos ayuda a progresar como individuos y también como colectivo, pero hay quien no lo ve así. Te aferras a una idea como a un clavo ardiendo, pase lo que pase, caiga quien caiga. No hacemos sino mostrar lo inseguros que estamos y que nos sentimos, nuestra incapacidad para dialogar, nuestra falta de empatía. El miedo nos paraliza; miedo a decir lo que sentimos, lo que creemos, lo que no nos gusta. Miedo a no ser aceptados por la mayoría. Miedo a que nos digan aquello que no queremos escuchar y que no somos capaces de decirnos ni nosotros mismos. Miedo a aceptar que no somos los seres extraordinarios que soñamos ser.

Eres el dueño de tu vida, el esclavo de tus palabras, y el protagonista de tus actos.
Siempre es más difícil aprender a decir que no.

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